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¿Voy a ser papá?...Y ahora qué... |
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Quien les escribe es un ser humano como todos, con esperanzas, tristezas y alegrías, que lo único que desea es compartir sus experiencias y aprender, reconocer qué es lo que está bien, qué es lo que está mal, y en consecuencia ser una persona mejor. |
Me enteré que iba a ser papá una tarde, sentado en la banca de un parque. Ella quería hablar sobre nuestros problemas. Cuando de repente me dijo: – ¡Carlos vas a ser papá! Aquí están los análisis. ¡Estoy embarazada!–. Fue tal mi asombro, que lo único que atine a decirle lo confirma: – ¿Y cómo pasó? – Crecí en un hogar donde los lazos familiares eran muy fuertes, donde todos teníamos que estar para empezar a almorzar, me criaron en libertad, pero con valores y respeto a los demás. Me enseñaron que a la mujer no se le toca ni con el pétalo de una rosa, bla, bla, bla… Luego de un rato, se agolparon en mi cabeza muchos pensamientos, no sabía que sentir. – ¿Y ahora qué, qué hacemos?– me preguntaba. E inmediatamente nos dijimos: –Volvamos a empezar, hagámoslo por él. Dios nos ha enviado esta señal. Intentémoslo otra vez. Nuestro hijo o hija no puede crecer lejos de su familia – Entonces, días más, días menos acordamos darnos otra oportunidad. Sin embargo, la vida nos coloca siempre ante una encrucijada. El mundo de hoy cambia vertiginosamente, tanto que debemos decidir entre aquello que aprendimos o tomar lo nuevo y moderno. Y adivinen qué, cambié algunas cosas, pero me quedé con gran parte de las que me dieron mis padres. Además, desde mi adolescencia soñé con ser papá para enseñarle a mi hijo todo lo que me enseñaron a mí: –el respeto, el amor, a llorar, a reír, a saber que siempre tendría una mano amiga de donde agarrarme, cuando la necesitara, o un regazo abierto donde refugiarme– así es como yo quería y quiero criar a mis hijos. Y así, sin imaginármelo, yo que siempre estaba ansioso de tener hijos –aunque todos me decían que fuera con calma, que todo llegaría a su tiempo, no te apresures–, llegó el día en que me lo dijeron: – Bueno, tu gomita pegó, tus sueños se han hecho realidad. ¡Vas a ser papá!–. Por mi mente pasaron muchas interrogantes: – ¿Cómo será, a quién se parecerá, será varón, será niña, nacerá sanito, estará bien?–. Pero todas estas dudas se fueron disipando con el paso de los meses, conforme el doctor nos decía cómo se estaba desarrollando, cuánto medía o cuánto pesaba. Por aquellos meses, solo quedaba esperar el nacimiento y engreír la panza con caricias, palabras dulces o cantarle de noche. Sin embargo, lo más gratificante de todo, eso que algunos ven como sacrificio o algo innecesario, es que cuando pones la mano sobre la barriga y le dices: – Hola hijo, papá esta aquí–. La respuesta es casi inmediata, y recibes un golpe desde dentro que es como si te dijera también: –Hola papito, aquí estoy, ya falta poco–. Mi hijo nació. Cortarle el cordón, dar gracias a Dios por iluminar mi vida con esta maravilla, darle gracias a mi hijo, son experiencias que no se comparan a nada. |